Luis Rubio / Reforma

Kafka, dice la anécdota, hubiera sido autor costumbrista en México. Quizá ni él se hubiera imaginado los absurdos de nuestra vida cotidiana. En un cartón de Patricio Monero, la maestra pregunta: “¿no hubiera sido mejor primero el nuevo modelo educativo y después la evaluación docente?”. El funcionario responde: “¡No estamos en Finlandia! Acá primero se pavimenta y después se mete el drenaje”. Ejemplos de esta naturaleza, en todos los ámbitos de la vida nacional, son interminables, pero algunos tienen consecuencias graves.

Lo que es indudable es que las campañas presidenciales muestran lecturas dramáticamente diversas de la realidad nacional. El reciente debate exhibió no sólo una concepción contrastante de la forma en que deberían atenderse los asuntos nacionales, sino una impactante incapacidad para reconocer la naturaleza misma de los problemas. Los candidatos que se aprestan a conducir los asuntos nacionales tienen una extraordinaria disposición para eludir la discusión de los mismos. Sea que se trate de la corrupción o de la inseguridad, los asuntos de ese encuentro, los candidatos mostraron más interés por llegar a la silla que por resolver el problema.

Andrés Manuel López Obrador insiste que todos los mexicanos somos unos criminales en potencia y que nuestra naturaleza sólo cambiaría de tener un ingreso más elevado; para él, la honestidad se identifica con su persona y la solución a los problemas nacionales con su llegada a Palacio Nacional. Ricardo Anaya ha construido una campaña que recuerda a la de Fox, sugiriendo que los males se resolverían con meramente desalojar a los actuales inquilinos de los Pinos. José Antonio Meade no puede separarse de la administración actual y su equipo ha sido incapaz de comprender el entorno en el cual se disputa la presidencia en 2018. Margarita Zavala no encuentra su espacio ni reconoce que es diferente desde los Pinos que desde el ocaso. El Bronco salió a divertirse y ser reconocido por sí mismo y, sin duda, es quien más cerca logró su objetivo.

Más allá de las anécdotas, el debate creó un momento político novedoso. AMLO tuvo un desempeño patético y ahora es claramente vulnerable: lo que parecía una elección cantada ya no lo es. Meade perdió la oportunidad de apalancar su circunstancia única como candidato ciudadano y su excepcional experiencia y personalidad para presentarse como el contendiente natural. Ese rol le corresponde ahora a Ricardo Anaya quien, si bien no logró asestar un golpe devastador, claramente cambió la naturaleza de la contienda.

La pregunta ahora es triple: primero, ¿redefinirá AMLO su campaña? Segundo, ¿tendrá la capacidad Anaya para transformarse en un candidato confiable y creíble para la presidencia? Y, tercero, ¿cómo actuará la esquina priista: apoyando a AMLO o negociando con Anaya? Yo no creo que haya otras preguntas relevantes en este momento.

Las tres preguntas son cruciales porque determinarán la dinámica que adquiera el proceso electoral a partir de ahora. AMLO previsiblemente continuará su campaña como si nada hubiera ocurrido, pero enfrentará cuestionamientos que hasta ahora pudo soslayar con facilidad y mostrará las contradicciones inherentes a cualquier campaña. Anaya tiene el reto de su vida que entraña no sólo presentarse exactamente al revés de como es, sino que implica la construcción de alianzas desde el ostracismo que él solo creó. Para Meade viene el momento de reconocimiento que la lectura del contexto fue errada y, por lo tanto, la estrategia inviable. Su dilema ahora -y el de los priistas, que no es el mismo- radica en meditar cuál es el escenario menos malo.

El momento también abre una excepcional oportunidad para la ciudadanía y para el desarrollo político del país. Por muchos años, la clase política -todos los partidos y políticos- ha gozado del dudoso privilegio de no tener que responderle a la ciudadanía por una combinación de al menos dos circunstancias: una, la estructural, que el sistema político no se ha abierto a la competencia; y la otra, que tanto el TLC como la migración hicieron posible mantener el bote a flote sin tener que molestarse demasiado. Ninguna de estas dos “anclas” será sostenible en el futuro, lo que exigirá que los políticos le rindan cuentas a la ciudadanía de una manera que era impensable antes y que, para los políticos, hasta hoy, sigue siéndolo.

Y esto me lleva de vuelta al drenaje. Por cuatro décadas, el país ha intentado resolver sus problemas a través de reformas estructurales que han transformado su economía, a la vez que han dejado una estela de problemas sin atender, que es precisamente la fuente de la candidatura de AMLO. Esas reformas eran y son necesarias, pero no son suficientes: para prosperar (que debería ser el único objetivo), México requiere una reforma institucional de fondo, de hecho, un nuevo sistema de gobierno. Ese es el único frente que no se ha atendido y ese es el origen de la pobreza del sur, la desigualdad en general y las enormes diferencias en desempeño económico a lo largo y ancho del país.

La coyuntura abre una enorme oportunidad; la pregunta es si hay políticos capaces de hacerla suya para beneficio del desarrollo del país y de la ciudadanía.