El cambio tecnológico está trasformando a México y a nuestra economía como antes ocurrió en otras latitudes, algo para lo que no estamos preparados ni estamos actuando para beneficiarnos.

Luis Rubio / Reforma 

En una de las grandes pifias de la segunda guerra mundial, Francia supuso que, cuando viniera una nueva confrontación, Alemania repetiría el patrón de invasión de 1914. Con esa lógica se preparó respondiendo a los fallos de la confrontación anterior y acabó invadida. Me pregunto si nuestro enfoque -de México y de nuestros dos socios norteamericanos- podría estar cayendo en algo similar.

México se ha convertido en una potencia manufacturera a escala mundial, circunstancia que ha permitido reducir, si bien no eliminar, las restricciones que históricamente nos había impuesto la balanza de pagos y que fueron la causa última de muchas de las crisis y debacles financieras de las décadas pasadas. Las exportaciones han cambiado la faz de la nuestra economía y han creado un poderoso motor de crecimiento, empleos bien pagados y oportunidades de desarrollo. Esas exportaciones, producto del giro que el país dio en su economía en los ochenta y que se consolidó con el TLC, han aliviado algunos de nuestros problemas, pero obviamente se trata tan sólo de un elemento entre muchos de los que deben ser atendidos en el panorama nacional.

La estrategia de liberalización económica, incorporación en los circuitos comerciales, tecnológicos y financieros del mundo -todo ello visible en las exportaciones- sigue siendo tan vigente hoy como lo fue hace treinta años. Muchas de las naciones más ricas del orbe han seguido esa estrategia, logrando una enorme estabilidad y progreso, mismo que no se limita a naciones-estados, como Hong Kong y Singapur, países totalmente incorporados en esos circuitos, sino que incluye a otros como Chile, Corea y Taiwán, además de los países más desarrollados. Desde esta perspectiva, es evidente que lo que se requiere es una mayor y mejor incorporación en esos circuitos y no una retracción. Es decir, nuestro reto se encuentra en la ampliación del marco en el que funciona la economía moderna del país: incorporar a la parte rezagada, y a quienes no han tenido oportunidad de romper con las formas tradicionales de producir, en la parte exitosa.

El reto no es meramente económico o regulatorio, aunque hay mucho que resolver en esos planos, sino que abarca una enorme complejidad de situaciones en ámbitos como el educativo, de infraestructura y sin duda político. Oaxaca y Chiapas no se han rezagado por falta de infraestructura y a la vieja industria mexicana que se sigue rezagando no le sobran contactos políticos que la protegen y, con ello, la condenan. Como en tantos otros ámbitos de la vida nacional, nuestros principales obstáculos son internos y, en casi todos los casos, perfectamente visibles y explicables en la forma de intereses, beneficios y privilegios especiales.

Sin embargo, me temo que el reto es más grande y complejo del que estos asuntos involucran. Una visita reciente a una fábrica en el norte del país me hizo reflexionar sobre la versión más generalizada del triunfo de Trump hace un año: según esa narrativa, el menor costo de la mano de obra en lugares como China y México había desplazado a la mano de obra estadounidense. Eso implicaría, para ser consecuente, que las pérdidas de empleo en estados como Michigan y Ohio se traducirían en ganancias de empleo en otras latitudes. Algo de eso sin duda ha ocurrido, pero lo que yo observé en la planta a la que visité fue una proliferación impresionante de enormes robots que son operados por un puñado de trabajadores. Los cientos de miles de empleos que han perdido las regiones industriales norteamericanas en las últimas décadas no están en México. No habría forma que los diez o quince empleados que yo vi hayan tenido un efecto cascada del tamaño que ocurrió en Estados Unidos para que perdiera la candidata demócrata en estados tradicionalmente industriales.

Mi punto es que el gran desafío no radica en la industria manufacturera en que hemos cifrado nuestras esperanzas para el desarrollo del país, sino en que ésta no va a ser la solución al problema del empleo, como hace tiempo que ya no lo es en los países tradicionalmente industriales. Las manufacturas y las exportaciones seguirán creciendo, pero no así el empleo, un asunto distinto. Es decir, el cambio tecnológico está arrastrando con el empleo mexicano como lo hizo antes con el europeo y americano. Siendo así las cosas, la pregunta es qué estamos haciendo al respecto y, en todo caso, qué es lo que debería incluirse en las negociaciones del TLC para que las tres naciones de la región se adapten con celeridad a esta nueva era, sin consecuencias políticas negativas para México.

La revolución digital está avasallando a nuestra economía en formas no anticipadas y con una población que no está preparada para asumirla, beneficiarse de ella y salir bien librada. En contraste con las revoluciones anteriores, como la industrial, la capacidad de adaptación en la era digital entraña un nuevo enfoque no sólo del aparato educativo y de salud, lo que se llama capital humano, sino también de la manera en que se concibe a la persona en términos políticos. Los trabajadores de la era industrial se organizaban en sindicatos; los ciudadanos de la era digital emplean redes sociales y son altamente móviles.