No sé si a usted, estimado lector, le parecen normales las cosas que no son normales en nuestra vida cotidiana: los problemas que no se resuelven, las esquinas en que asaltan, las inundaciones que se repiten, los aglomeramientos de tránsito y todas las “pequeñas” cosas que hacen la vida innecesariamente más compleja de lo que de por sí es. Nos sorprende que la población se vuelque hacia los necesitados en momentos de dificultad o de crisis, pero no que las cosas que deberían funcionar fallen. En realidad, se trata de dos lados de una misma moneda: la ciudadanía se aliena cuando ve que nada funciona como debería, pero actúa precisamente porque sabe que puede hacer una gran diferencia en un momento dado. Se trata de un problema de autoridad.

“Las cosas ordinarias son más valiosas que las cosas extraordinarias; más aún, son más extraordinarias” escribió GK Chesterton hace un siglo. Y sin duda lo son: lo que debería ser ordinario resulta ser extraordinario. Aquí van algunos ejemplos de la vida cotidiana:

  • Nunca deja de sorprenderme que los embotellamientos de tránsito ocurran en los mismos lugares. En algunos casos es simplemente la insuficiencia de la infraestructura, incluso cuando ésta es nueva y sólo se resuelve con grandes inversiones. Sin embargo, hay una infinidad de lugares en la CDMX en que se estrangula el tránsito por la falta de autoridad: por ejemplo, a la entrada y salida de escuelas, donde los padres creen tener derecho divino a estacionarse en doble y triple fila y no hay autoridad alguna que regule los discipline. Lo mismo es cierto frente a estaciones del metro o Metrobús, donde los taxis se apilan y compiten por el pasaje sin importar la forma en que lo hacen. El punto no es impedir que los padres lleven o recojan a sus hijos o que los pasajeros tomen su taxi; el punto es que la autoridad está, o debería estar, para asegurar que se atienda y respeten los derechos de toda la ciudadanía. Se trata de circunstancias cotidianas: conocidas y predecibles.
  • Algo similar ocurre con las inundaciones. Nunca deja de sorprender que las lluvias dejen grandes charcos en los mismos lugares una y otra vez. Es decir, la autoridad gubernamental tiene conocimiento cabal de los lugares en que el sistema de drenaje no funciona o es inexistente aún con lluvias menores, y no hace nada. No se reparan las calles, evitan inundaciones o atienden los puntos en que, de manera común, frecuente y repetida, se obstaculiza la circulación. Todos esos puntos son conocidos y la autoridad podría resolverlos sin mayor dificultad o costo y, sin embargo, eso no ocurre.
  • Es frecuente que en las redes sociales corra el rumor de que “en esa esquina asaltan.” Esa información se dispersa como fuego y, sin embargo, los asaltos continúan, como si se tratara de una actividad económica que merece respeto y protección. En el país se permiten todo tipo de actividades ilegales, como taxistas “tolerados,” puestos de comida, vendedores ambulantes y toda una parafernalia de oferentes de bienes y servicios. Aunque formalmente ilegales, son parte del paisaje cotidiano y, al menos, satisfacen una necesidad, pues si no fuese así, no existirían: es decir, hay demanda por esos servicios, lo que explica que la autoridad haga mutis. Quisiera creer que los asaltantes no entran en esa categoría, aunque uno nunca sabe con esto de las clientelas…
  • El pavimento de las calles parece importado de Vietnam: allá decidieron reparar su país luego de décadas de guerra y seguramente nosotros importamos los pedazos inconexos de pavimento que les quedaban, pues sólo así se explican las calles de la ciudad de México: los baches, los agujeros y las zanjas. Las calles no se arreglan ni mantienen, sólo se reparan, es decir, se parchan: lo único que queda antes de un socavón…

El común denominador en todo esto es la falta de autoridad, la ausencia de un gobierno que cumple con su razón de ser, que es la seguridad y la provisión de servicios a la población. Con diferencias locales y regionales (y algunas excepciones notables), no hay municipio o delegación en el país que no muestre abandono, desinterés o desidia. Todo esto lleva a preguntarnos sobre la función de la autoridad, o sea: ¿a qué dedica su día? La realidad es que sí trabaja y pasa largas horas dedicadas a atender demandas ciudadanas, pero no las de todos los ciudadanos, solo los de sus “bases,” sus clientelas. Ahí yace el corazón de nuestro sistema de gobierno: los grupos favoritos, las rentas privadas, la búsqueda por el poder y su preservación a todo costo.

Fukuyama afirma que para que un gobierno sea exitoso debe ser capaz de cumplir funciones básicas como la seguridad, el sistema legal y la regulación económica, pero que la secuencia es clave: los países que se democratizan antes de haber construido la capacidad de gobernarse con eficacia siempre fallan porque la democracia exacerba los problemas, las carencias y los desafíos al orden existente, carcomiendo la capacidad del gobierno de ejercer su autoridad al verse sometido a demasiadas demandas encontradas. En nuestro caso, el problema no es que las demandas sean encontradas, sino que se concentran en unas clientelas con frecuencia no presentables, pero muy poderosas.