Las acciones en materia de seguridad no se articularon de acuerdo con la prioridad de reducir la violencia. Cuando su equipo en Los Pinos no lo arrope más, ¿de qué se arrepentirá el Presidente?

Edna Jaime (@EdnaJaime/ El Financiero

Dicen que el poder ciega la razón. También que los presidentes de la República pueden perder contacto con la realidad. Los círculos cercanos se encargan de crear una realidad paralela que acaba desconectando a los mandatarios de los hechos cotidianos. ¿Será el caso con el tema de la violencia? Me intriga saber cómo interpreta el presidente Peña los hechos de violencia, que hacen que este año se perfile como uno de los más violentos desde que se tiene registro. ¿Se asumirá responsable? ¿Le dolerán las muertes? Si estuviera en su lugar jugaría con contrafactuales, si hubiera hecho esto diferente… y definitivamente me arrepentiría de algunas decisiones. ¿Se arrepentirá el Presidente Peña de algunas de las suyas? Propongo tres temas para reflexionar.

Lo primero es el objetivo. En sus primeros pronunciamientos, el Presidente asumió el compromiso de reducir la violencia. Ese parecía ser el tema primario, el más importante en su estrategia de seguridad. Supongo que por ello fijó la tasa de homicidio como el indicador para evaluarse en esta arena. Sin embargo, no hubo correspondencia entre lo dicho y lo hecho. Las acciones en materia de seguridad no se articularon de acuerdo con la prioridad.

Juzgar es más fácil que proponer. Pero supongamos por un momento que el Presidente hubiera abrazado con convicción que el objetivo de la estrategia de seguridad era preservar de la vida. Hacerlo hubiera implicado poner a las instancias de inteligencia del país a detectar riesgos, a entender su dinámica y agilizar los instrumentos del Estado para ponerlo al servicio de intervenciones puntuales que los atendieran con oportunidad. No podemos asumirnos como desprovistos de las capacidades para hacerlo. Simplemente los recursos del Estado no se pusieron al servicio de este objetivo.

Lo segundo es la relación con lo local. Cualquier esfuerzo para contener la violencia o el crimen tiene que articularse desde este ámbito. Las dinámicas de violencia tienen particularidades que requieren de microdiagnósticos y no macroconceptos. El gobierno federal asumió que podía resolver estas cuestiones implantando instancias de coordinación en las regiones en que se dividió el país. Las dinámicas de este mecanismo no son conocidas, pero si evaluamos por los resultados, es evidente que fracasaron.

Quizá el Presidente se pregunte hoy por qué no le entró a fondo a entender los problemas de coordinación entre ámbitos de gobierno. Sabe que tenemos un federalismo inoperante que requiere de un rediseño. Y mientras encontramos la cuadratura al círculo de nuestro arreglo federal, se requería de soluciones audaces para darle la vuelta. En esta administración, sin embargo, se refrendaron los mecanismos existentes, se siguieron los protocolos de siempre, las formalidades que simulan que la coordinación existe, cuando sabemos que no ocurre así.

Lo último. El Presidente ha puesto su resto en dos iniciativas legislativas que no resuelven el problema, quizá lo perpetúan. Una es la Ley de Seguridad Interior, la otra la de Mando Único Policial. La primera implica darle normalidad legal a lo que debe ser excepcional, con enormes riesgos para nuestra democracia; la segunda es un remiendo a un problema estructural. En mi perspectiva, ambas iniciativas sostienen el statu quo; no lo revierten.

Hace un par de días, en la reciente sesión del Consejo de Seguridad Pública, el Presidente reiteró su apoyo a la reforma del Mando Único Policial, implicando que esta es la reforma policial que necesitamos. Así concluirá su mandato. Proponiendo una reforma que no es transitable por las implicaciones políticas que conlleva, y sin entrarle a fondo a la profesionalización de nuestras policías.

Cuando la administración concluya, el Presidente hará un balance, los mexicanos también. Quizá entonces el Presidente se reproche el haberse dejado dominar por las inercias, por las pugnas interinstitucionales, pero sobre todo por no haber evitado la muerte de tantos mexicanos. De enero a junio de este año suman 20,344, lo que significa 3,390 por mes, 113 por día, 5 cada hora. Cuando su equipo en Los Pinos no lo arrope más, ¿de qué se arrepentirá el Presidente?